Reportajes

24 horas con frío

¿Qué pasa si un joven decide pasar una día en Madrid sin casa y con dos euros en el bolsillo?

A las ocho de la mañana busco un lugar donde me han dicho que dan desayunos. “Está en la calle San Lucas, entre Chueca y Tribunal”. He tirado el periódico para parecerme más a la clásica imagen de uno que necesita que le den comida. Al llegar, los prejuicios caen como fichas de dominó. Más de la mitad de los presentes lee algún diario como el que acabo de tirar; y sólo un hombre, entre una docena, lleva barba como la que yo me he descuidado con esmero.

Parece imposible saber qué significa vivir en la calle. No tener un espacio propio, y acudir a diario a los comedores sociales, a los baños públicos. Dormir entre cartones o en albergues. Una rutina centrada en cubrir las necesidades básicas. Sin embargo, basta dar un paso, y ver pasar unas horas desde su posición, para comprobar qué suele ofrecer la sociedad a estas personas.

Después de una hora y media de espera, la fila se tensa y vamos pasando. Unos protestan porque otros se cuelan. Hasta que sale una señora de la puerta y nos reprocha: si no estamos tranquilos no habrá desayuno para nadie. La fila se tranquiliza. Una monja saca desde una ventanilla un café caliente -insulso, pero caliente-, un trozo de roscón y medio bocadillo de jamón cocido. Después de apurar el desayuno en la calle, tenemos acceso a un ropero. La misma señora que ordenaba silencio me muestra un variopinto repertorio sobre una mesa. Parece sentirse decepcionada cuando le digo que sólo quiero un gorro. Me da los buenos días y me voy.

Como no tengo nada que hacer hasta la comida, ojeo los titulares en los estancos y entro en varias tiendas para sacarme el frío del cuerpo. A las doce comienzo a buscar el comedor. La dirección no es precisa y lo encuentro dos horas más tarde. Mi imagen no está deteriorada como la de otros en esta situación, y la gente se detiene para indicarme. La idea de que “o me doy prisa o me quedo sin comer” revolotea en el cerebro, y hace mover los pies.

Encuentro un comedor en la zona de Metropolitano, camuflado entre Colegios Mayores y Universidades privadas. Hago 20 minutos fila, esta vez sentado, charlando con un boliviano, única persona en todo el día que habrá de preguntarme por qué necesito esta ayuda.

Al cruzar el umbral, una mano señala el único lugar libre, y dice una palabra: “ahí”. Hay una docena de mesas. Al segundo tengo delante un plato de arroz caldoso que no está nada mal. En cambio, lo insípido de la carne cuestiona seriamente su lugar de procedencia. Mi compañero de mesa, el boliviano, repite el primer plato y pide un pan gigante que rellena de carne, improvisando un enorme bocadillo que guarda en su mochila con delicadeza.

Para volver al centro, empleo la mitad de mi presupuesto diario en un billete de metro. En el trasbordo de Cuatro Caminos decido echarme una siesta en el andén. En tanto, fuera sólo me espera la intemperie y dejar pasar las horas. Es verdad que en Madrid distintas organizaciones mantienen programas de integración eficaces. Pero no alcanzan a la mayoría de la población que los necesita. Por tanto no sería representativo acudir a uno de sus servicios. Así que decido pasar la tarde en alguna de las plazas entre Gran Vía y Tribunal. Después de 15 minutos en un banco, el frío me obliga a levantarme y entrar en distintas tiendas, lo más grande posibles para no sentirme observado. Vuelvo a la plaza. Esta vez, con la ayuda de unos cartones en el asiento, aguanto casi una hora.

A media tarde ya estoy cabreado con el mundo. Me molestan los escaparates. Y no sólo envidio a quienes se toman algo en los bares, sino también a los repartidores que descargan cajas, porque al menos tienen algo que hacer. El cansancio, las esperas y la inactividad van destilando algo que se parece a la rabia y que no sé muy bien a quien dirigir. Para calmarme me repito que sólo es un simulacro. Pero si no lo fuera, en vez de ese consuelo, sólo tendría delante un mundo que se derrumba.

Los térmometros dicen que no es invierno. Sin embargo, he sentido la frialdad en la espera del desayuno, en el absurdo de matar la mañana, en la distancia de los que me vieron despertar en el metro. El frío se acumulaba en el plato de sopa caliente que dan sin mirarte. Y en el ropero donde podía escoger cualquier abrigo de otro. Intuyo que lo que hoy me paraliza es la frialdad de no ser útil para algo, ni alguien para nadie. Y ese frío no depende de las bajas temperaturas.

Servicio Especial

SE. Servicio Especial. Es el letrero del autobús que el Ayuntamiento de Madrid ofrece para dormir bajo techo. Podría poner Atocha-Albergue, pero han optado por la discrección. Esperamos unos cincuenta hombres. Llega puntual a las 9. Con algunos empujones, entramos todos. El ambiente inicial casi de fiesta se va apagando a medida que vemos pasar la ciudad.

Llegamos a un aparcamiento en medio de naves industriales. El hecho de que nos lleven a este lugar se debe en parte a algunos vecinos de Carabanchel. Hace dos inviernos, protestaron enérgicamente contra la instalación de un dispositivo de la Campaña del frío en su barrio. Por lo que el Ayuntamiento seguramente se planteó muy bien donde colocar el siguiente. Y ha optado por instalarlo en un lugar sin vecinos, lo cual, a primera vista, no parece facilitar mucho la integración de sus usuarios.

Las puertas tardan en abrirse media hora, y comienza el goteo de entrada, uno a uno. Antes, nos hemos puesto dos veces en fila india para ser contados y ha llegado el segundo autobús desde Atocha, también puntual. Las conversaciones de espera retratan la jornada. Al “¿qué hay?”, uno responde con la versión “Jodido, pero contento”. Surgen debates acerca de rentas mínimas, oportunidades de curro y el servicio de varios comedores. Se habla cómo ha ido el día y de planes de futuro inmediato. Una discusión se concluye con un “Mira tío, la vida es ver el fútbol en tú sofá, con tu hijo al lado”.

La fila se ha dividido en dos grupos. Primero pasan aquellos que ya han estado aquí. Presentan una tarjeta azul que en su primer día les dio derecho a 15 noches. Si las agotan serán “derivados” a otros albergues. Después pasamos los nuevos. La fila se ordena a sí misma, y todos parecen saberse las normas. Los últimos serán los de “tarjeta rayada”, penalizados por haber dejado de venir alguna noche. Después de una hora y media de espera a la intemperie, cruzo la puerta.

Detrás de una mesa, dos trabajadores uniformados me piden la documentación. Me la devuelven junto a un carnet, donde aparece el número de mi cama. Rellenan una ficha con el nombre y la nacionalidad. Y me comentan que al fondo se dan la cena y las mantas. Y pasa el siguiente. Esa es la acogida que los servicios sociales del Ayuntamiento de Madrid hicieron a un joven que no presentaba síntomas de alcoholismo, discapacidad o adicciones. Alguien que esa misma tarde pasaba inadvertido en las tiendas con pretensiones de la Gran Vía. Ninguna pregunta. Ninguna propuesta.

Pasando otra puerta dan la cena, con un “buenas noches” y una sonrisa. Una bolsa lleva un bocadillo, una manzana y unas galletas. Pero lo que más se agradece es la sopa en vaso de plástico. A la derecha, unas cuantas mesas, con cuatro sillas cada una, sirve de comedor. Cuento hasta cinco trabajadores. Algunos muestran una atención más que profesional. Van de uniforme y llevan guantes de cirujano. Siento que esos guantes les alejan de nosotros, por mucho que ellos intenten resultar cercanos. Seguramente hay un motivo sanitario para que los lleven. Pero, si existe ese riesgo, me pregunto por qué no los llevamos también nosotros.

A la izquierda, en un mismo espacio, están las literas dispuestas en 5 filas. Al fondo, llego a ver el número 129, por lo que el número de personas que dormiremos juntos debe acercarse a esa cifra. Soy un privilegiado por tener una cama, dentro de los varios miles de personas en Madrid que no tienen un lugar propio donde dormir. Muchos pasarán la noche en un banco o un portal. Con suerte en un cajero. Y son varios los albergues que en vez de camas tienen sillones tipo avión, o lonas en el suelo. Profesionales de este sector relatan escenas de terror, como la de 150 personas acostadas, codo con codo, en el suelo de una misma habitación. Y todo cuenta como “plazas” que ofrece el Ayuntamiento dentro de la Campaña del frío.

Cuando acabo de cenar, la mayoría están  acostados o preparando sus camas. Con una ojeda compruebo que los datos que publicó el Ayuntamiento sobre estos recursos coincide con lo que veo: mitad españoles, mitad extranjeros. El ambiente se relaja. Las voces de jóvenes magrebíes toman protagonismo, frente a la de curtidos hombres del Este. Los trabajadores piden silencio. Se apagan las luces y sólo quedan grupos de murmullos. El cansancio acumulado hace el resto.

Por la mañana, una voz condescendiente nos despierta. Muchos se afeitan. Dan una hojilla y un vaso de plástico lleno de espuma. Otros se duchan en las cuatro cabinas que pronto estarán encharcadas. Recojo un café con leche, también insulso y caliente, una bolsa con pan, mantequilla, mermelada y una manzana. No está mal. Un rumor recorre el desayuno: anoche unos cuántos se quedaron fuera del albergue, porque no hacía tanto frío como para rellenar las últimas plazas. Días después sabré que sólo cuando la sensación térmica baja de cero grados, se utilizan los recursos de emergencia. Me pregunto qué sentido tiene trasladar a una persona del centro de la ciudad, para dejarla frente una puerta en medio de la nada. Y me planteo que habría hecho si me hubiera tocado a mí dormir afuera.

Al poco de desayunar, llega el primer autobús. La mayoría opta por cogerlo, y quedamos unas treintena de personas Todos parecían tener prisa por dejar el albergue y volver a la ciudad. Entre los que nos quedamos, unos cuantos esperan a que se abra la puerta para hablar con la única trabajadora social. Cada uno pasa unos 15 minutos. Aunque sea la mejor de las profesionales, parece improbable que alguien pueda atender con eficacia 130 personas que se levantan juntas y se marchan en dos horas. Unos pocos deciden hablar con ella, el resto deja pasar el rato. Como el que lee atento una revista del corazón, mientras comenta el parecido de la Infanta Leonor con su madre.

El autobús de vuelta es mucho más relajado. Madrid retoma su actividad, ajena a estos pasajeros. Nada más tocar la acera de Atocha cada uno se va por su lado, o en pequeños grupos. Todos caminan con una prisa aparente. Pero puede que sólo sea eso, pura apariencia. Y sólo intenten hacer ver que tienen algo urgente que hacer en la ciudad.

Muchos de ellos tocarán varias puertas, acordarán encuentros, harán papeles e invertirán ilusiones renqueantes. Algunos trabajarán, alguna chapuza, algún recambio. Casi todos acudirán a roperos, comedores y baños públicos donde atenderán sus necesidades básicas. Y por la noche, albergue o cartones. No es difícil sobrevivir así en Madrid. Parece que lo indispensable está cubierto. Pero, después de pasar un día en esos lugares, me parece casi imposible que alguien pueda restablecer su vida, y dejar de depender de estos recursos.

Al instante nos hemos desperdigado. Supongo que ha sido fácil para la ciudad hacer como si no hubiera visto nada. Comienza para muchos otro día lleno de fríos.

Las cifras del frío

Casi todos los años, la Campaña del frío del Ayuntamiento de Madrid aumenta sus plazas. Este invierno ofrece 1.619, cerca de 500 más que las mantenidas durante todo el año. Dentro de esos números se cuentan las que gestionan distintas ONG e instituciones religiosas que reciben el apoyo del Ayuntamiento. Recientemente se han estrenado dos nuevos centros.

Según Ana Botella, concejal de Empleo y Servicios a la Ciudadanía, la oferta de plazas es superior a la demanda. El consistorio argumenta que las personas sin techo en Madrid suman 1.500. Mientras que la mayoría de las ONG sostiene que son más de 6.000. El objetivo declarado de la Campaña es asegurar un techo a quien lo desee. Pero esa necesidad sólo se considera una emergencia, para el Ayuntamiento, cuando el termómetro se acerca a los 0 grados. Durante esos días, miembros de organizaciones sociales aseguran haber visto, varias veces, más de 20 personas delante un albergue con la puerta de cerrada.

Las condiciones de los albergues varían. Desde confortables literas, a cientos de personas hacinadas en el suelo, pasando por “cómodos sillones”.  Como los cuarenta, uno a un metro del otro, en el Centro para los casos considerados “crónicos”. Al finalizar la Campaña, el Ayuntamiento da un balance. De los 1.975 “usuarios” del año pasado, 315 eran mujeres, y la mitad extranjeros. El único dato que falta por saber es si se consigue que alguien no vuelva el invierno siguiente.

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Acerca de Alberto Senante

Periodista es gente que le cuenta a la gente lo que le pasa a la gente. Con esa idea del reportero Eugenio Scalfaro trabajo. Y este es el resultado...

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